martes, octubre 30, 2007

Televisión, mitoinformación y control social

Escrito por Instituto de Desingeniería Social de Oxford/Ekintza Zuzena nº 34
martes, 23 de octubre de 2007


La televisión es el medio de masas más extendido y la principal actividad de ocio en una sociedad desesperada por la comunicación efectiva. Para quien ha crecido con la televisión, cerca de diez años de su vida se invertirán delante de la pantalla. ¿Ocio? Quizá se pueda describir mejor lo que supone ver la televisión como una ocupación: la vemos desde el nacimiento hasta la muerte; se pasan más horas de una vida delante de la pantalla que trabajando. Con la llegada de un aparato que reproduce la voz de un extraño en casi todos los hogares occidentales, hemos hecho realidad una situación de dependencia que los escritores de ciencia-ficción de los años cincuenta sólo podían imaginar. La televisión se distingue cualitativamente de las demás formas de comunicación en que requiere de nosotros una atención dispensada, casi siempre, de toda actividad y de todo objeto específico de pensamiento. Solemos encender la televisión en momentos precisos de la rutina cotidiana, a pesar de la uniformidad de los programas que nos proponen.

Para la industria de los mass media (ya sean comerciales o de «servicio público»), esta atención concedida es una mercancía valiosa y la audiencia, un requisito económico. […]

La televisión parece ofrecer un retrato coherente de lo que existe, de lo que es importante, de cómo se relacionan las cosas y de lo que es correcto en cualquier momento del tiempo (dentro del imponente despliegue de la incoherencia programada de una noche cualquiera). Proyecta una visión del mundo que es consistente sólo dentro de sus estrechos confines –parece tener sentido– siempre sin los «peros» y las síntesis de las contradicciones que tan útiles son en la comunicación personal […]

La conformidad se obtiene en el acto de sentarse y encender el aparato […] La televisión moldea la percepción a fin de que aceptemos nuestro papel en el orden existente, bien porque no veamos una alternativa vital más allá de esta vida de mierda, o bien porque nos hayamos acostumbrado a percibirlo como algo natural, inalterable, e incluso beneficioso. (…)

La televisión no es el marco más propicio para el desarrollo de las ideas y de la imaginación. La producción televisiva consiste en fabricar y distribuir bienes simbólicos en función de una parrilla precisa de programas. Sus contenidos y formatos reflejan la realidad como se ve desde la estructura industrial de los propios medios. Sobre todo para esta industria, el tiempo es oro, lo que hace que algunas elecciones de selección de información e imagen sean más fáciles y otras más difíciles. […]

Una 'jerarquía de la credibilidad'

La presunta objetividad de la televisión necesita cultivar fraseólogos expertos en la medida en que lo que no es más que una mera opinión se torna más creíble si puede encontrarse a un personaje con alguna acreditación oficial. Una «jerarquía de la credibilidad» funciona de modo que las personas de elevada categoría social verán que sus ideas son aceptadas porque se supone que tienen acceso a una visión más amplia de la que carece la mayoría. En una sociedad basada en la especialización, en que parece imposible aprehender la totalidad, una estructura de información dirigida al consumo de masas tiene un enfoque elitista centrado en los que saben y son conocidos por ser conocidos. […] El hecho de que estas personas gozan de mayor crédito sólo por ser quienes son, lo demuestra la declaración que en su día hizo el gobierno inglés respaldando el veto [de la BBC] al Sinn Fein: «Los que hacen apología del terrorismo reciben una falsa respetabilidad si los informativos los tratan como si fueran políticos constitucionalistas». […]

La tecnología televisiva sólo es conveniente para un tipo concreto de comunicación; alcanza su máxima eficacia cuando transmite mensajes lineales, simplificados. Es especialmente buena para anunciar (es nuevo, cómpralo; o: es un héroe, confía en él y compra su estilo de vida con nuestro producto), pero para poca cosa más. Créase o no, todas las experiencias vitales no pueden transmitirse electrónicamente. […]

El contenido de un programa siempre está subordinado a la presentación. […] Las limitaciones del medio exigen que las imágenes y los asuntos abordados se presenten con dramatismo, distintos y sobre todo entretenidos, porque ver la tele es fundamentalmente una actividad estática. Lo que nos impide tirarla por la ventana no es otra cosa que el señuelo técnico de la sucesión rápida de imágenes, fundidos y collages de imágenes atropelladas. La presentación de cosas exóticas de otro mundo y de una realidad superior que la vida, pugna constantemente por salir de la autoperpetuadora espiral televisiva. La televisión es una licuadora casera y homogeneizadora de todo […] Gran parte de los productos son autorreferenciales, pues hablan de otros programas y acontecimientos que sólo han existido en la tele; los espectadores esporádicos de televisión suelen encontrarla absolutamente ininteligible.

[…] El tiempo en el mundo televisivo es algo peculiar; no transcurre como la vida, ni se detiene como ella. El presente sólo es el momento en que se le retiene a uno para que vea lo que viene después. El futuro sólo cuenta como continuación, y el pasado no cuenta para nada; la urgencia está en lo instantáneo y, por tanto, en lo recambiado de inmediato. […]

El experimento de Mulholland

Recibimos en nuestros salones las ultimísimas novedades a diario, ahora, en este mismo minuto, mientras el espacio informativo se consume ante nuestros ojos. Las imágenes se ven reemplazadas nada más aparecer en un vacío, sin conexión con el pasado o el futuro: un presente ilusorio. Con la inmediatez, la fragmentación de la realidad está garantizada. […]

La información se difunde en tales cantidades y a tal velocidad que la confirmación se vuelve imposible. La visión del mundo impuesta por la televisión comprime mil y un fragmentos en que todo es igual: lo que cuenta es la primacía de la televisión, que seguirá funcionando aunque la apagues. Es un instrumento caleidoscópico que se asegura de que nadie aprenda demasiado.

Gracias a las técnicas de compartimentación y de discontinuidad, las noticias llegan de ningún lugar y desaparecen enseguida para siempre. Una vez que un reportaje ha servido para su función primordial de entretenimiento, los programadores ponen algo distinto. Está agotado desde el mismo momento de su emisión; incluso si lo vemos en un vídeo, ya no es «actual»2. Si se tratara de un producto material, habría que deshacerse de él. ¿En qué estado le deja esto al telespectador? ¿Las informaciones entran por un oído y salen por el otro? Pues bien, sí y no. Se hizo un estudio en San Francisco para saber cuánta gente recuerda lo que ha visto en la televisión. Se llamó por teléfono a dos mil personas justo después del informativo de la tarde; les pidieron que enumerasen las informaciones que pudieran recordar. Más de la mitad de los que habían visto el informativo eran incapaces de señalar una sola.

El «experimento de Mulholland», realizado a principios de los años setenta, consistió en conectar diez adolescentes a otros tantos encefalógrafos (que miden la actividad de las ondas cerebrales) y sentarles delante de sus programas favoritos que ellos mismos habían escogido. El experimento esperaba ver aparecer un flujo de ondas beta, ondas rápidas que señalan una respuesta activa por parte de los adolescentes (como sucede durante una lectura o una conversación); en su lugar, los aparatos sólo registraron ondas alfa, más lentas, que suelen aparecer cuando una persona está en coma o en trance, sin interacción con el mundo exterior.

Por otro lado, parece ser que los estereotipos presentados para el consumo y las imágenes de éxito y fracaso son interiorizados. El 27 de febrero de 1986, 14,4 millones de personas vieron en la serie East Enders cómo Angie intentaba suicidarse después de descubrir que su marido había vuelto a ponerle los cuernos. En el Hackney Hospital de Londres Este la cifra total de casos de envenenamiento deliberado reconocido durante la semana siguiente aumentó en un 300%. Más tarde, Angie y Den intentaron rehacer su relación yendo a un asesor matrimonial; el Consejo de Asesoría Matrimonial registró un aumento del 50% en el número de clientes necesitados de sus servicios. En estos casos, ¿aumenta la fuerza emocional de la acción mediante la personalización y la familiaridad? ¿Tendría el mismo efecto la retransmisión televisada de revueltas? Puede parecer que, hasta cierto punto, sí, pues la retransmisión de revueltas se ha visto sometida a censura para impedir la aparición de «disturbios por imitación». Que la televisión, como sugiere la derechona más torpe, pueda crear un cultura del disturbio, es más que dudoso. […] Es más probable, sin embargo, que nos quedemos en casa con la esperanza de que podamos verlo todo, con repetición de las mejores tomas, en la tele. Con un poco de suerte, la revolución se televisará.

[…] La televisión impone constantemente imágenes que, en su inmediatez y su carácter directo, impiden el pensamiento conceptual. Inhibe el pensamiento induciéndonos a vivir mentalmente en un mundo de definiciones arbitrarias y fragmentarias y ecuaciones automáticas e ideológicas. Al alentarnos a aceptar ideas preconcebidas, fomenta en sus espectadores una pasividad mental manifiesta en una actividad puramente emocional (como el impulso de compra). Desde luego que podemos tomar nuestros deseos por realidad; pero asegúrate de que son tuyos. ¿Puede enseñarnos la televisión a ser radicales? Aunque podamos sufrir de ilusiones de masas, no hay fórmulas de desilusión de masas; todos los esfuerzos en este sentido no hacen más que embellecer nuestras ilusiones. […]

La televisión llena el aislamiento con las imágenes dominantes, cuyo poder deriva precisamente del aislamiento. Mientras menguan nuestras posibilidades de relacionarnos personalmente, aumenta a cambio nuestra dependencia de la televisión para dar sentido a nuestra existencia. […] Devoramos todos los medios a la espera de dar con una pista, alguna huella de significado en nuestras vidas y en nuestra experiencia cautiva. ¿Qué conseguimos? Una comunidad compartida que está siempre en otro lugar, sucedáneo de las vidas que hemos dejado de vivir. La televisión nos «une» en unidades familiares individuales para ver lo que «todo el mundo» cree, con el disfraz de «darnos lo que queremos». Enganchados por cada mentira y cada teleserie, nos educamos con historietas sobre la vida en otros entornos suburbanos […]

¿Consumidores de conflictos y voyeurs de revoluciones distantes?

Cierto que la televisión «vincula» a los que están demasiado alejados física o socialmente para estar en contacto unos con otros; podemos ver casi al instante acontecimientos que pueden estar sucediendo en países a miles de kilómetros de nosotros. Pero ¿qué podemos estar seguros de saber de lo que acontece allí? ¿Por qué estamos consumiendo esta información y qué vamos a hacer con ella? ¿Estamos convirtiéndonos en consumidores de conflictos y voyeurs de revoluciones distantes? […]

La imagen actúa sobre nosotros de una manera que oculta su función ideológica precisamente porque parece reproducir antes que transformar. Su poder radica en su carácter visual como una auténtica muestra de la realidad, la prueba que ven nuestros propios ojos: «esto sucedió de verdad, míralo tú mismo». La televisión se basa sobre todo en la manipulación de emociones, sin tiempo para la reflexión; nos hace sentirnos parte del acontecimiento porque otros millones lo están viendo al mismo tiempo. Requiere una batalla mental constante recordarnos a nosotros mismos que la imagen electrónica es una ilusión creada mediante su manufactura, el proceso de edición.

Un equipo de investigación de la Universidad de Harvard comparó, a principios de los ochenta, la forma en que reaccionan los niños a lo que leen en un libro y a lo que ven en la televisión, presentando exactamente el mismo material a dos grupos de niños. El primer grupo escuchaba a una persona que les leía una historia; el segundo grupo asistía a la retransmisión de una película en la cual una voz en off leía la misma historia, mientras aparecían en pantalla las ilustraciones del libro. El narrador de carne y hueso y el de la televisión eran la misma persona.

Se comprobó que los niños del primer grupo habían retenido muchos más elementos de la historia que el segundo. Recordaban pasajes enteros palabra por palabra y numerosos detalles, mientras que el primer grupo de telespectadores había absorbido las imágenes, pero olvidado la mayoría de las palabras y los niños que lo componían no podían decir gran cosa sobre lo que habían visto. Habían recibido la historia como una «experiencia autorreferencial»: imágenes prácticamente sin relación con ninguna otra cosa. Los niños del otro grupo mostraron ser mucho mejores en materia de discusión y de conceptualización de la historia. Los resultados parecen indicar que no es el contenido de un programa de televisión lo que afecta negativamente a los telespectadores, sino el propio medio. La televisión es un medio perezoso que, al aportarnos una sucesión de imágenes, suprime el «razonamiento inferencial».

Los programas de televisión acentúan esta desconexión. Es un flujo constante: si no estamos de acuerdo con algo, no podemos volver atrás y volver a pensarlo. […] Cuando vemos la televisión, no tenemos la oportunidad de participar en el discurso; éste no permite ninguna acción recíproca (dar y tomar) entre emisor y receptor. La capacidad de responder en los mismos términos al ritmo de nuestro propio intelecto se nos deniega y somos atraídos a un consumo acrítico de los postulados y las connotaciones que se hacen. Si seguimos sin estar de acuerdo, sólo nos queda el democrático derecho de apagar la tele. Sólo una parte de la relación empieza la comunicación, la misma parte que ilustra la charla y que, antes de que llegue el turno de preguntas, cambia a otro asunto. […]

Un frenesí de apatía

La televisión es un factor determinante de la creciente privatización de la vida social, junto con productos como el coche privado y estructuras como los centros comerciales, que en Occidente ha hecho posibles la abundancia capitalista (por lo menos en un número apreciable). En todas estas cosas, la socialización dentro de familias autosuficientes y en ámbitos de ocio enormemente regulados ha hecho bastante innecesaria la necesidad de una coerción continua y abierta (aunque no la videovigilancia en la calle). La vida social –ahí fuera– parece cada vez más hostil y extraña en la televisión y por culpa de la televisión […]. Nos inoculan e involucran en la vida social desde la seguridad de nuestros propios hogares. El truco de magia de la televisión es […] producir y descargar a la vez ansiedad, incitando a un frenesí de apatía, al mismo tiempo origen y solución de un contacto permanentemente pospuesto.

La tecnología del aislamiento llama todas las noches a sus feligreses a la comunión ritual, para revivir como un solo cuerpo los traumas y las fantasías de la sociedad de máxima seguridad que hay fuera. Tal como sucede con la religión, la televisión es efectiva en la medida en que encontremos en ella algo de nuestra propia experiencia: esos raros instantes de humanidad que capturamos a veces en una caja que niega dicha humanidad a diario. Es capciosa en su incitación a contemplar, mientas suspiramos aliviados de que, por suerte, «no soy yo» la víctima que sufre ante las cámaras. En esta comunidad virtual, el espectador puede ver guerras como si fueran de fantasía o alborozarse por su equipo favorito, cierto que sin experimentarlo, pero desde luego con ardiente devoción. El distanciamiento de una actividad, por muy terrorífica que sea, hace posible que se la acepte con más facilidad.

Ya sea una programación izquierdista o de derechas, el producto televisado sigue siendo programación. Su objetivo: crear un buen ciudadano, consumir productos, adoptar estilos de vida. En contraste con un totalitarismo concentrado, la dominación se logra no mediante métodos de adhesión forzosa a un líder y una única ideología sino con la multiplicación de opiniones y el vacío y los asuntos políticos virtuales y la implicación «voluntaria» y la participación de todos los espectadores en una elección de intereses, identificaciones y roles. El control social se mantiene en ambos sistemas, pero el nivel de abundancia determina el camino que se sigue para llegar a él.

Crear sustitutivos de la vida real es importantísimo en estas condiciones. Una pasividad absorta es la meta del nuevo régimen, del mismo modo que la publicidad de estilos de vida sustituye a la promoción de la verdadera utilidad de un producto. Los medios cubrirán cualquier cosa que pueda convertirse en mercancía sobre esta base. […] Cuanto más exótico es el artista o la materia abordada, mejor será para el marketing empresarial. Los espacios de las minorías atraen especialmente a la hastiada clase media blanca de los noventa, una clase que siempre ha desdeñado, y después adulado, tanto a la cultura de la clase alta como a la de la clase trabajadora para ocultar su propia carencia de cultura. El espectáculo responde a su frustración con la rutinaria uniformidad del mínimo común denominador diversificándose en nuevos roles e insatisfacciones integradas hechas a medida parea grupos sociales específicos. La recuperación (absorción de todo movimiento espontáneo de vivir sin controles) es una mullida almohada más fácil de aceptar que la brutalidad del fascismo cultural.

El «arte» sirve al poder como una separación de la vida cuando lo producen especialistas y –como se sigue de esto– lo consume una masa sin capacidad creadora. La expresión verbal y física de la manera en que vivimos se resitúa en el papel determinado por el espectáculo y se le hace funcionar para la identificación pasiva. Es la nueva cárcel para las tan subversivas fuerzas de la creación individual. Si las pinturas, los pinceles y los lienzos (hoy las cámaras) estuvieran a disposición de todo el mundo, sugería el situacionista Vaneigem, el sistema podría tener la esperanza de dotar a la gente de la conciencia de artista, es decir: la conciencia de alguien que hace una profesión de mostrar su creatividad en los museos y escaparates de la cultura. Peter Suchin, en su reseña para el nº 9 de Here and Now de la exposición de la Internacional Situacionista de 1989 en el ICA de Londres, señalaba que, cuando una persona que estaba repartiendo panfletos denunciando la institucionalización de la IS se quedó sin material, los representantes de la galería se apresuraron a fotocopiar más para él.

El «derecho» a la expresión, como el «derecho al conocimiento», sólo tiene sentido en una realidad virtual y mediática. La conversión de la comunicación entre seres humanos en una mercancía es la economía política del emisor activo y el consumidor/receptor pasivo. La solución no estriba en una programación más «democrática», que practique una discriminación positiva a la minoría que le apetezca a uno, sino en la creación de nuestros propios medios autónomos de comunicación.

¿Cuando empieza la liberación?

La publicidad puede hacer que la gente tome conciencia de una campaña y que participe en ella; puede sacar a la luz algo que las autoridades quieren mantener oculto. También puede ser inútil, o incluso perjudicial. Si un acontecimiento no sale en la tele, ¿ha tenido lugar? Juzgar las luchas por su repercusión en los medios afecta a la importancia que la gente concede a una cuestión y al modo y al tiempo en que podría implicarse en ello. ¿Cómo te sientes tú cuando ves manifestaciones, o incluso disturbios, por la tele? ¿Te has decidido tú a actuar alguna vez gracias a lo que has visto por la televisión? La mediación aumenta la distancia de la audiencia respecto a los manifestantes; quizá sintamos algo de simpatía, pero empatía… nunca. Se trata de unos pocos hablando a muchos, actores que interpretan para edificar a la audiencia. Los llamamientos a las masas nunca amenazan la estructura básica de la propia sociedad de masas. Atacamos al espectáculo con la misma arma que el orden de la pasividad imprime en nuestras vidas diarias.

[…] La liberación empieza cuando ya no queramos ni necesitemos que nos digan qué día hace hoy.

Instituto de Desingeniería Social de Oxford

(Extracto)

NOTAS:

1 «Vigilancia del delito»; programa británico que invita a los testigos de delitos a colaborar con la policía (N. del T.).

2 La noción de «actualidad» conlleva una necesaria superfluidad hacia todo lo que ha pasado antes. El conocimiento se convierte en una mercancía muy perecedera de utilidad efímera. Si queremos hablar de cómo vivimos se supone que tenemos que decir lo que parece «suceder», en las noticias, hoy. Los que deseen comunicarse mediante la palabra escrita o hablada están obligados o inducidos a orientar su atención hacia la última novedad, acontecimiento o moda pasajera. Como la definición de «importancia» cambia a diario, no nos queda más remedio que sumarnos a este flujo sin sentido o parecer completamente desubicados.

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