domingo, julio 13, 2008

Espino: ¿fuego amigo?

Editorial

Las recientes declaraciones del ex presidente del Partido Acción Nacional (PAN), Manuel Espino Barrientos, en las que se cuentan severas críticas al gobierno encabezado por Felipe Calderón Hinojosa, ponen en evidencia un resquebrajamiento al interior de la fuerza política gobernante en el país que, a lo que puede verse, no le favorece con miras a las elecciones federales del año entrante, ni es indicativo de buena salud de la presente administración. Ayer, en entrevista con La Jornada, el actual dirigente de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA) criticó severamente los “arreglijos” entre el gobierno federal y la cúpula priísta, particularmente con el senador Manlio Fabio Beltrones, a quien, dijo, el gobierno federal “le ha concedido el privilegio de ser un gestor eficaz, poderoso”. Al mismo tiempo, el duranguense calificó como negativas las alianzas del titular del Ejecutivo federal con dirigencias gremiales descompuestas y corruptas como las que controlan el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y el sindicato petrolero, y dijo que con estos elementos, en conjunto, la administración calderonista ha abierto la puerta de una “posible regresión”.

Estas declaraciones, por principio de cuentas, son indicativas de la alianza de facto existente entre el PAN y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), gestada y establecida desde los tiempos en que este último detentaba formalmente el poder. Al día de hoy, sin embargo, dicha concertación ha dotado al tricolor de un enorme peso que, ciertamente, no corresponde con su posición como tercera fuerza política en el país, ni refleja el rechazo inequívoco que sigue enfrentando por parte de una amplia porción de la ciudadanía, a partir del lastre que representa su imagen tradicional de antidemocracia, corrupción y corporativismo. Por añadidura, las cuotas de poder obtenidas por el PRI durante el presente ciclo de gobierno han acompañado su recuperación en el terreno electoral, como lo ponen de manifiesto la conquista de la gubernatura en Yucatán el año pasado –la primera derrota grave en la presente administración para el partido del jefe del Ejecutivo– y los triunfos recientemente obtenidos en Nayarit.

Pero, a decir verdad, ese fortalecimiento no ha sido responsabilidad exclusiva del gobierno calderonista: directa o indirectamente, el propio Espino ha hecho las contribuciones correspondientes. En el caso de Yucatán, por ejemplo, la derrota del blanquiazul puede atribuirse a las severas afectaciones que sufrió por las pugnas entre su militancia local –que desembocaron en la salida de la ultraderechista Ana Rosa Payán de las filas panistas– y en sus estructuras nacionales, cuyo control se disputaban de manera abierta Manuel Espino, entonces presidente del instituto político, y el propio Felipe Calderón. Adicionalmente, Espino impulsó, mientras se mantuvo al frente del PAN, una acelerada descomposición moral de ese partido, caracterizada por la adopción de los estilos y métodos autoritarios y corruptos del viejo priísmo.

Por lo demás, con los cabildeos que llevó a cabo con gobernadores priístas para promover el “voto útil” en las elecciones de 2006 en contra del aspirante opositor, Andrés Manuel López Obrador, Espino endosó al tricolor un cheque en blanco que hoy se traduce en el cobro de facturas políticas. Desde esa perspectiva, son por lo menos cuestionables los asertos, planteados tanto por Espino como por el actual dirigente panista, Germán Martínez, en el sentido de que el PAN “no le debe nada al PRI”.

Finalmente, las declaraciones referidas se suman a una serie de comentarios que el presidente de la ODCA ha lanzado en meses recientes en contra del gobierno calderonista, en lo que eufemísticamente ha sido llamado “fuego amigo”. Entre tales críticas sobresalen las afirmaciones de que la llamada reforma energética presentada por el Ejecutivo en abril pasado no es “ni la sombra de lo que se esperaba”, y los cuestionamientos a la política de seguridad del actual gobierno, particularmente en lo que toca a la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. Este panorama no sólo plantea la persistencia de las pugnas internas en el seno del PAN –las cuales, por otro lado, se dan también en las demás fuerzas políticas–, sino que proporcionan, por añadidura, la radiografía de un gobierno federal que, cabe recordarlo, emana de un proceso electoral irregular y cuestionado, acusa un déficit de legitimidad de origen, y carece, por tanto, de fortaleza ante el conjunto de sus interlocutores, incluso al interior de su propio partido.

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