domingo, septiembre 12, 2010

1810 - 2010

Sólo faltaba que el actual gobierno del PAN, partido al que le bastaron diez años en el poder para terminar de arrinconar al país entre la miseria, la inseguridad y el miedo, diera el último empujón… Con su dogmatismo, su ambición sectaria, su doble moral, su obnubilación histórica; con su banalidad fastuosa y, en suma, con su incapacidad y su desprecio por el pueblo, el gobierno que gastó cientos de millones en la celebración del Bicentenario de la Independencia de México sepultó cualquier posibilidad de resimbolización de la gesta libertaria de 1810 y de recuperación de la memoria histórica. De paso, enterró la posibilidad de convertirla en leit motiv para una lucha nueva e incluyente en busca de una patria cierta, una patria que ha sido muchas cosas –sueño y desengaño, nobleza y abyección, vida y muerte, desesperanza y fe–, todo… menos independiente y libre. Tanto menos ahora, cuando la soberbia gubernamental junto con sus beneficiarios mantienen sumiso al México verdadero.
infamia centenaria

Columba Vértiz de la Fuente

El antropólogo e historiador Miguel León-Portilla alza la voz. Dice que en las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución “los pueblos indígenas no están recibiendo la atención que se merecen”.

Considerado como la máxima autoridad en materia del pensamiento y literatura náhuatl, León-Portilla rememora que desde enero pasado, cuando se presentó la serie televisiva Discutamos México, manifestó ante el presidente Felipe Calderón “que eran muy pocos dos programas sobre las culturas prehispánicas y que nada había sobre los indios vivos”.

En esa ocasión se le pidió recabar material sobre este último tema, y preparó un programa sobre la situación de los indígenas contemporáneos, el cual se proyectará el miércoles 22 a las 20 horas en Once TV México. En él participan el doctor Andrés Fábregas, director de la Universidad Intercultural de Chiapas; Natalio Hernández, escritor náhuatl; Alicia Mayer, directora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, y el mismo León-Portilla.

El también investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México cuenta que en ese episodio señalan “lo lamentable de la situación de la mayoría de los pueblos indígenas y demandamos mayor atención y recursos a su favor”.

La situación actual de los habitantes originarios del país, subraya, “es muy adversa”:

“Pensemos siquiera en la situación de la mayoría de los que viven en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Puebla, Hidalgo, en las Huastecas y en otros sitios del norte del país. Continúan marginados y despreciados, lo que dificulta grandemente su participación en la vida económica y política del país.

“Deben participar, pero a la vez debemos respetar sus propias identidades, lenguas y culturas.”

–¿Cree que algo deban celebrar los indígenas?

–Los indígenas actuales tienen muy poco que celebrar en estas fechas. A partir de la consumación de la Independencia, perdieron el reconocimiento de su identidad jurídica. Desaparecieron las llamadas ”República de Indias” y los “Juzgados de indios”. Quedaron más marginados, poco a poco fueron perdiendo sus tierras y territorios comunales. En la Revolución de 1910, y la Constitución de 1917, en su artículo 27, establece la propiedad comunal de los ejidos, pero posteriormente a esto, con las reformas a la Ley Agraria, ha perdido su plena validez. Muy poco es lo que tienen que celebrar.

–Ante el Bicentenario y el Centenario, ¿qué opina de la situación del país?

–La situación del país es muy difícil. Hay muchos millones en la pobreza extrema. Millones de desempleados, entre ellos jóvenes que no pueden trabajar ni estudiar. El tema de la inseguridad nos lo recuerdan diariamente los periódicos, entre ellos de modo especial La Jornada. ¿Es tolerable que cada día amanezcan asesinadas 30, 40, 70 o más personas? La cultura, a pesar de los esfuerzos laudables del Conaculta, no recibe la atención gubernamental que requiere nuestro país, tan rico en muchas manifestaciones de creatividad. La educación, desde los niveles de preescolar hasta los superiores y universitarios, reclama mucho más recursos.

“Es también lamentable ver que los partidos políticos se mantienen en casi perpetua discordia en vez de legislar sabiamente para el desarrollo de México y el abatimiento de los contrastes verdaderamente alarmantes entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco. En México cada sexenio parece que creyéramos que va a iniciarse un nuevo sol o edad como en el México antiguo.”

Y finaliza con la interrogante: “¿Qué podemos esperar?”


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La fiesta del fracaso

Destacados arquitectos señalan que el gobierno, en todos sus niveles, ha demostrado incapacidad para organizar las fiestas del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Comentan a Proceso que el fiasco del monumento Estela de Luz es la prueba palpable de que la irresponsabilidad e improvisación son el sello característico de quienes se encuentran al frente de las instituciones públicas. También confirma, asegura uno de los especialistas, que la cultura se encuentra en el último lugar de sus prioridades y por ello no son capaces de entender el valor simbólico de los monumentos.

Mientras que la Columna de la Independencia se yergue en Paseo de la Reforma como símbolo indiscutible de esa gesta –pero también de la época porfiriana en la que se construyó para celebrar el Primer Centenario del movimiento–, la Estela de Luz concebida para simbolizar los festejos del Bicentenario ni siquiera comenzó a edificarse.

A 100 años de la Revolución que derrocó al gobierno de Porfirio Díaz, la figura del dictador destaca como la de un visionario que pensó en la construcción de un Estado de manera integral y que supo aprovechar para ello el valor de la arquitectura.

En lo anterior coinciden Fernando González Gortázar, Víctor Jiménez y Sergio Zaldívar Guerra. Arquitectos los tres, comparan el proyecto arquitectónico concebido por Díaz para el primer Centenario con los proyectos frustrados del gobierno de Felipe Calderón, que se caracterizaron, dicen, por el centralismo y el desinterés, por la falta de previsión y el caos.

Muchas de las obras realizadas por el gobierno de Díaz aún permanecen. Los especialistas las enumeran: el Palacio de Bellas Artes; el Edificio de Correos; la antigua sede de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (ocupada hoy por el Museo Nacional de Arte); el Hemiciclo a Juárez, y, desde luego, la Columna de la Independencia, diseñada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado y cuya primera piedra se colocó en febrero de 1902.

A comienzos de 2009, la Comisión Nacional Organizadora de las Conmemoraciones de 2010, dirigida por José Manuel Villalpando, convocó a un certamen nacional para construir el llamado “Arco del Bicentenario” en Paseo de la Reforma y Lieja. A la postre, el proyecto ganador no fue un arco sino una Estela de Luz diseñada por un equipo de arquitectos encabezados por César Pérez Becerril y que debía inaugurarse el jueves 16. Se veía que las obras no avanzaban, pero fue hasta hace unas semanas cuando el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, anunció oficialmente que se concluirá hasta finales de 2011.

El funcionario argumentó que para garantizar la seguridad de la obra, de “inédita complejidad constructiva”, se hizo un estudio que mostró la necesidad de aumentar la profundidad de la cimentación, el espesor de las paredes y su resistencia a las fuertes ráfagas de viento.

Coordinador del volumen La arquitectura mexicana del siglo XX, González Gortázar advierte que la obra, que debió ser “tan entrañable para los mexicanos, será no sólo un monumento a la improvisación, la irresponsabilidad y el desgano, sino también, y eso me irrita sobremanera, al centralismo”.

Al evocar obras como la Columna de la Independencia, el Penal de Lecumberri y el Manicomio de la Castañeda, recuerda que Díaz construyó cerca de 2 mil edificios para igual número de alcaldías por todo el país (Guadalajara, Zacatecas, Salamanca...), además de pequeños monumentos “obviamente no tan majestuosos como la Columna de la Independencia, pero igual de dignos e igual de nobles”.

El también urbanista y escultor menciona que en el programa presentado por el anterior coordinador de las festividades, Rafael Tovar y de Teresa, se contemplaba la realización de 200 plazas en distintas poblaciones. Ahora, lamenta, sólo falta añadir las iniciales DF a las celebraciones de la Independencia y de la Revolución Mexicana.

“Parecería imposible –plantea– superar el centralismo porfiriano, pero por lo que se ve el calderonista es peor e infinitamente más mediocre. Por su parte, porque hay culpas repartidas, los gobiernos estatales parecen ajenos a la ocasión. Nuevo León, por ejemplo, convocó a un concurso, creo serio, para hacer una plaza y su monumento, y al parecer se va a quedar en el papel.”

Le viene a la mente el proyecto de remodelación de la Capilla y la Plaza de Tlaxcoaque en el Centro Histórico, para el cual el gobierno de la Ciudad de México convocó también a un concurso “y al menos tuvieron la decencia de anunciar su cancelación, pero me parece igualmente inaceptable”.

Comenta que se enteró de proyectos en Coahuila, Jalisco y Chiapas “que terminaron en nada”. Y aunque aclara que su información puede tener lagunas, asegura que el catálogo del Programa de Actividades de las Conmemoraciones de 2010, editado por el gobierno federal, no destaca ninguna obra pública emblemática en el interior del país. Sólo dedica seis páginas al Parque Bicentenario, la Plaza del Centenario y la Estela de Luz, los tres en el Distrito Federal.

–¿Esto demuestra que el gobierno federal fue incapaz de organizar una celebración nacional?

–Con una claridad meridiana. Es la prueba de que la cultura está en el último lugar de sus prioridades; confirma que la Revolución sigue resultándole abominable y bastante lejana, pero también revela que estas carencias y la mediocridad son compartidas, si no por todos, por la gran mayoría de los gobiernos estatales.

Cuando en estas páginas se presentó el proyecto de Tlaxcoaque, González opinó que los dólmenes y menhires para celebrar un hecho son una de las tradiciones culturales más arraigadas y hermosas de todas las épocas en todo el planeta (Proceso 1661). Hoy dice con pesar:

“Los gobiernos estatales y el federal no han entendido el valor del símbolo, del símbolo visual urbano en este caso. Y no me refiero a símbolos obvios: el águila devorando la serpiente, por ejemplo, sino a la creación de insignias que promuevan nuestra capacidad y nuestra necesidad de significar.

“Las Torres de Ciudad Satélite son el ejemplo perfecto: Somos nosotros, cada uno de los espectadores, quienes le otorgamos el símbolo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, nuestra cultura y nuestra época. Un gobierno que no entiende qué es el símbolo, no comprende el sentido trascendente de un momento histórico y de una sociedad. Eso es un monumento.

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